jueves, 21 de diciembre de 2017

Sobre mi libro “Estética de la Ciencia”

 "Beauty is truth, truth beauty,—that is all
                Ye know on earth, and all ye need to know."
(John Keats)



Hace escasamente un mes autoedité un libro sobre “Estética de la Ciencia”. Utilicé para ello los recursos que brinda Amazon y que parecen excelentes para una tarea así.


Lo presento aquí, en este blog en el que he tenido la agradable experiencia de ser leído y recibir comentarios que me han enriquecido notablemente a mí y a todos los lectores de ellos. 
Vivimos en un mundo electrónico (también de plástico) y la comunicación virtual no sólo es mala al impedir tantas veces que las personas se relacionen; también tiene la virtud de conocer a gente interesante y establecer vínculos de amistad que en la era pre-electrónica eran inviables. Dada la agradable experiencia que he tenido con este vehículo de intercambio de ideas que es el blog, me permito también presentar aquí este segundo libro, ahora que cae la noche más larga del año en este solsticio de invierno.


El libro en cuestión obedece a un resultado inacabado de un proyecto que en su día, hace años, fue ambicioso, pues hablar de la relación entre conocimiento científico y belleza no es tarea que uno pueda abordar con un mínimo de rigor acorde con la amplitud requerida. Pero, a pesar de inacabado y muy probablemente inacabable, creo que consigo, en el que ya considero “librito” por su brevedad, transmitir mi modo de ver la Ciencia.

En síntesis intento mostrar en ese texto aspectos diferentes pero complementarios.  

Pretendo una reflexión sobre la mirada de la Ciencia, lo que nos proporcionan los resultados del método científico, que no sólo suponen, ni mucho menos, un avance epistémico y pragmático, sino que desvelan la belleza de lo que muestran.
A muchos órdenes de magnitud en el espacio y en el tiempo se extiende la perspectiva científica, a la vez que lo hace en el ámbito de lo complejo. La belleza no es algo objetivo, medible, pero sí accesible, como pueda serlo la de una obra de arte, aunque de un modo muy distinto. Es diferente porque los modelos de la Naturaleza que proporciona la Ciencia son necesariamente miméticos y podría decirse que apuntan hacia lo Real, aunque sea inalcanzable. Esa imitación realista se diferencia del arte, que no está constreñido a ella, pero el mundo que muestra la Ciencia es sencillamente asombroso a todos los niveles de contemplación.

La Ciencia muestra formas hermosísimas en el ámbito molecular del que se nutre la vida, pero también en el mundo sintético; rotaxanos, catenanos, nudos borromeos, son ejemplos de auténtica belleza. Se trata de una belleza que va más allá de los sólidos platónicos y que sólo puede imaginarse donde no es obtenible la imagen microscópica ni la de los grandes telescopios, en las ecuaciones ricas en simplicidad, simetría, orden;ecuaciones que facilitan tanto como perturban la imaginación de lo que no es observable.

Pero el propio método científico puede ser valorado a su vez desde el punto de vista estético. Hay experimentos que son elegantes en medio de una maraña de trabajo que puede ser muy burdo. Hasta la propia comunicación que permite la objetividad intersubjetiva de la Ciencia puede o no ser hermosa, algo que se traduce en algunas publicaciones científicas.

Si el mundo físico-químico abiótico es extraordinariamente bello, el mundo de la vida supone el misterio, por más que nos resulte cotidiano.

En este librito dedico también un capítulo al contraste de la mirada científica con la mirada médica, bien distinta. 

Y trato de analizar si propiamente tiene sentido hablar de la belleza del mundo desde la perspectiva científica en el contexto de una adecuación darwiniana, atreviéndome a sugerir un principio antrópico, pero no epistémico, sino estético.

Lo que nos da la Ciencia es una imagen del mundo y de nosotros (en parte; evitemos los abusos cientificistas tan en boga). Una imagen que sólo puede irse construyendo con modelos visuales y con teorías que, en último caso, aspiran a ser formuladas matemáticamente, en una tendencia que hace que algunos científicos se declaren claramente platónicos. Los criterios estéticos influyen fuertemente en esta investigación teórica, principalmente en Física (Dirac fue un buen ejemplo) y en Matemáticas (Hardy decía que no hay lugar para las matemáticas feas).

Finalmente, tras analizar la estética de las teorías científicas, concluyo, sin concluir en realidad, con un breve epílogo en el que rescato al poético François Cheng (“parece como si el Universo esperase al hombre para ser dicho”).

Hay algo que quedará para otra ocasión y es una reflexión sobre la relación entre conocimiento e ignorancia. El conocimiento científico avanza de un modo que algunos califican de exponencial pero, a la vez, parece crecer también la magnitud de lo aun no explorado. El velo de Maya se restaura constantemente. Podría decirse que, en cierto modo, el valor epistémico del conocimiento científico no sólo reside en lo que resuelve sino en la ignorancia que nos hace ver sobre eso que llamamos Real, una ignorancia que apunta a lo bello por descubrir.

También mucho quedaría por abordar en un intento más serio de aproximarse a la Estética de la Ciencia, pero también es bueno que la ignorancia del autor pueda sugerir más de lo que dice.


El libro está disponible en Amazon en dos formatos, electrónico (para Kindle) y convencional (de pastas blandas).
 
Feliz Navidad !!!

viernes, 15 de diciembre de 2017

Aceptar la muerte. Asumir la vida.



Corren tiempos inhumanos, o trashumanos si se prefiere, en los que se persiguen las distopías  científicas que varias lumbreras presienten tras esa singularidad tecnológica que pondrá fin a la muerte. 

Se augura así la gran apostasía. Jacques Lacan decía que la muerte pertenece al ámbito de la fe, que hacemos bien en creer que moriremos pues ¿cómo podríamos soportar la vida sin esa creencia? (“La mort… est du domaine de la foi. Vous avez bien raison de croire que vous allez mourir, bien sûr. Ça vous soutient ! Si vous n’y croyez pas, est-ce que vous pourriez supporter la vie que vous avez?”).


Borges describió el horror que supondría la inmortalidad. Sin la fe en la muerte no podríamos realmente vivir. Ser inmortal supondría estar inmortalmente aburrido. La inmortalidad imaginada no alcanzaría, sin embargo, la eternidad, porque ésta implicaría un planeta o, en general, un cosmos de duración infinita y con condiciones para seguir soportando la vida, lo que no es realista.


La eternidad sólo es concebible, aunque inimaginable, fuera del marco espacio-temporal. Las distintas religiones han deliberado sobre esto de modo diverso. Para el cristianismo, la resurrección supone el acceso a la realidad de Dios o, como se decía más antes, a la visión beatífica, algo que parece muy distinto a la inmortalidad concebible.


La vida, la que de verdad nos es accesible, vivible, es la limitada por la muerte.


Efectivamente, es la muerte la que, de hecho, permite la vida. Muchas muertes celulares son precisas para que se forme un embrión. Los órganos de nuestro cuerpo son, en mayor o menor grado, renovados constantemente. Muchos organismos han de morir para alimentar a otros.


Una selección ciega juega el juego de la contingencia; variaciones ambientales operan sobre variaciones vitales, informativas, genéticas, epigenéticas… Azar y necesidad, decía Monod, pero es difícil percibir cualquier signo de determinación por legalidad física que no sea restrictiva, negativa, en el juego de la vida, que es también el de la muerte.


También en el orden cultural la muerte es necesaria. Sin la sucesión de generaciones, la cultura se agotaría, moriría, por falta de creatividad y exceso de aburrimiento, de un aburrimiento que ya no busca su cese sino que se abandona a sí mismo. La tesis transhumanista conduciría, en el caso de que fuera realizable, a un mundo de viejos fosilizados y con un miedo atroz a cualquier contingencia letal ajena a las posibilidades médicas ¿Cómo aceptar la muerte accidental si ya no existe la debida a causas naturales?

Se dice a veces que la Medicina salva vidas, pero en realidad la Medicina sólo puede retrasar muertes, que no es lo mismo, no siendo poco. La Hygeia de Klimt, dando la espalda al río de la vida, que alberga la muerte, rechaza la omnipotencia de los médicos. Vida y muerte, muerte y vida. Inseparables. Pasteur luchó contra la muerte y el libro que dedicó Erik Orsenna a su biografía tiene por título “La vie, la mort, la vie”, sugiriendo una sucesión en la que ni la vida se concibe sin la muerte ni la muerte sin la vida. 


A veces, la creencia lacaniana se sostiene en evidencias, como las muertes de los otros (siempre es otro el que muere). También en intuiciones facilitadas por los ritos de paso, que son de vida porque son de muerte. Ritos de aceptación del recién nacido, de ingreso en la adolescencia, de matrimonio, etc. Algo nace a la vez que algo queda ya desterrado, anulado, muerto, aunque se recuerde. El rito remite a lo sagrado, a ese misterio de relación entre la vida y la muerte inherente a la renovación. El grano de trigo ha de morir.


Se descree de la muerte porque se ve en los otros, pero cuando el otro es próximo, cuando se entra en situación de duelo, la perspectiva de la muerte cambia, adquiriendo un carácter de proximidad que hace resurgir la creencia de que moriremos. Irvin Yalom, que se ve próximo a la muerte (y que no espera ninguna vida más allá, pues se declara ateo), ha hecho de la muerte piedra de toque de la psicoterapia existencialista que lleva ejerciendo muchos años. En ella ha visto cómo muchos casos de duelo no sólo suponen el sufrimiento de pérdida sino que principalmente remiten a esa angustia ante la muerte propia. En uno de sus libros, “Mirar al sol”, recuerda la expresión de La Rochefoucauld, “Le soleil ni la mort se peuvent regarder en face”. También en este libro hay recogida una impresionante expresión de Milan Kundera, “lo que nos aterra de la muerte no es perder el futuro, sino el pasado”


Terror del pasado, de la posibilidad perdida, más que ante la pérdida de la posibilidad. El evangelio de Marcos, el más antiguo, ya lo había advertido en palabras de Jesús, “Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mc.8,36), un interrogante que se ha desvirtuado totalmente en el contexto religioso de mirar a la salvación de almas para el cielo, a pesar de la advertencia bíblica en contra (“¿Qué hacéis mirando al cielo?” Hechos 1,11). 


Es sin terror al pasado que grandes hombres como Freud se han acercado también sin temor a la muerte. En una entrevista, finalizaba diciendo que amaba a sus flores: "Flowers,"  he  added  smilingly,  “fortunately  have  neither  character  nor  complexities. I love my flowers. And I am not unhappy – at least not more unhappy than others." 


Pero, si el pasado puede reconocerse como horrible, basta poco tiempo para salvarse, para salvar una vida con lo que quede de ella, porque el milagro de la vida no reside en su duración ni en proporciones de dedicaciones temporales a las distintas tareas y placeres, sino en lo bueno que de ella se obtenga, que a ella se otorgue, en el tiempo de eudaimonía. 


Dickens nos mostró en su cuento de Navidad la posibilidad del gran paso de la conversión radical, esa que Mr. Scrooge realzaba porque “su propio corazón reía y con eso le bastaba”.


Hay un rito de paso que, como los previos, no a todos les es concedido. Se trata de la jubilación, término que parece proceder de "iubilatio", pero en muchos casos la jubilación no resulta especialmente jubilosa y no sólo por darse a una edad en la que se es más propicio a enfermedades ni tampoco por las carencias económicas que pueden acompañarla o por tener que retomar roles pasados como el de actuar como padre de nietos. 


Para quien es posible pararse y mirar, ocurre que el último rito de paso no parece agradable porque muestra un horizonte de muerte. Ante él, hay quien no mira al sol que recordó Yalom y se empeña en seguir una inercia pretendidamente protectora de acumulación de dinero y honores, hay quien opta por neutralizar cualquier preocupación con una ocupación excesiva que no deje tiempo para nada, ni siquiera para pensar. Pero ese horizonte de muerte guarda analogía con los de las muertes rituales biográficas previas, haciendo factible una reconciliación con el pasado y una entrada en la vida que quizá no se produjo antes. Y es que siempre es posible renacer, aunque se sea viejo, algo que Nicodemo no entendía de la enseñanza de ese joven judío que él admiraba y que se llamaba Jesús.

viernes, 8 de diciembre de 2017

CIENCIA. La buena y aburrida repetición frente a la impaciencia del entusiasmo




En 2009 se otorgó el Premio Nobel de Medicina conjuntamente a Elizabeth H. Blackburn, Carol W. Greider y Jack W. Szostak por el "descubrimiento de cómo los cromosomas están protegidos por telómeros y la enzima telomerasa". Esa actividad telomerasa tiene un papel muy relevante en la reproducción celular, estando implicada tanto en procesos de envejecimiento como en el desarrollo del cáncer.  

Un premio Nobel puede permitirse cambiar radicalmente su campo de investigación. Abundan los ejemplos, como Francis Crick o Susumo Tonegawa. Y Jack W. Szostak se centra ahora en estudiar el origen de la vida. Algo tan enigmático ocurrió y no es observable, pero sí es factible realizar experimentos que permitan inferir un modelo plausible de cómo aconteció.  

1953 fue un año importante para la Ciencia (también para mí por una razón personal). Quizá el mayor hito acaecido entonces fue una carta publicada por Nature en la que Watson y Crick mostraban su célebre modelo estructural del ADN. También fue en ese año cuando, en el laboratorio de Urey se realizó un experimento conducido por Stanley Miller y publicado en Science, mostrando que, en condiciones ambientales que pretendían simular la atmósfera primitiva (una mezcla de agua, metano, amoníaco e hidrógeno), por medio de altas temperaturas y campos eléctricos intensos se obtenían moléculas bioquímicamente importantes como los aminoácidos. Ha de tenerse en cuenta que entonces, a pesar de la importancia que cobraba el ADN, había un sentimiento bastante generalizado de que eran las proteínas quienes portaban la información genética, por lo que la aparición abiótica de sus constituyentes, los aminoácidos, facilitaba la perspectiva materialista iniciada por el ruso Oparin sobre el origen de la vida en la Tierra. Otros experimentos posteriores, entre ellos los realizados por el español Joan Oró, revelaron que también podían sintetizarse así, abióticamente, las bases de ácidos nucleicos. 

Si fueron necesarios los experimentos de Pasteur para negar la generación espontánea de vida en su época, y en general, son necesarios otros experimentos que permitan imaginar un modelo de generación espontánea de ella “ab initio”. Y a eso se dedicaron Szostak y su equipo, siguiendo las ideas sostenidas por Miller y las sugerencias realizadas por Carl Woese y, principalmente, Walter Gilbert, de que el material genético primigenio no fue el ADN sino el ARN (se hablaba de un mundo de ARN).  

Szostak y su grupo realizaron en su laboratorio unos experimentos que sugerían la posibilidad de una reproducción molecular basada en el ARN y facilitada por un polipéptido sencillo. Desde ese apoyo experimental, la contemplación del origen de la vida parecía ser factible, aunque hubiera que refinar mucho el modelo, incluyendo el cambio posterior del ARN por ADN como material genético y demás complicaciones que vendrían después. Sus experimentos sostenían un modelo aparentemente aceptable del origen de una autorreplicación asociada a la vida; algo muy relevante que se publicó en Nature Chemistry en 2016; tan relevante que llegó a recogerse en el excelente libro de Mukherjee sobre el gen. 

Pero ocurre que la Ciencia requiere la reproducibilidad, algo que tiende a olvidarse en exceso últimamente. Tras la publicación, una de las integrantes del equipo, Tivoli Olsen, quiso repetir los experimentos (a saber por qué) y se encontró con que los resultados se habían interpretado mal; dicho de otro modo, no había nada de lo que se pretendía haber encontrado. No era fraude sino prisa.

Un entusiasmo inicial nubló la vista e indujo a publicar como relevante un artefacto, con la consiguiente retractación posterior del artículo (“We have been unable to reproduce observations suggesting that arginine-rich peptides allow the non-enzymatic copying of an RNA template in the presence of its complementary strand. We now understand that the data reported in the published article are the result of false positives”)

El chismorreo que abunda en Facebook afecta también a los científicos, incluyendo este tipo de cosas, existiendo al menos una página dedicada a retractaciones científicas; se trata de “Retraction Watch”  Uno de esos cotilleos, el inducido por la retractación de tan célebre artículo, fue divulgado incluso por Nature Briefing.

Ha de reconocérsele a Szostak la honestidad de retractarse de una publicación después de que alguien de su equipo viera las imperfecciones del trabajo. Pero, a pesar de eso, hay una lección importante en este caso, que no es único. Se trata del riesgo de la impaciencia. Si un premio Nobel no es capaz de amortiguar su entusiasmo ante lo aparente, poca paciencia podemos esperar de muchos investigadores que tienen como meta publicar en vez de buscar la verdad.

Estamos ante un caso en que se nos muestra a dónde pueden llevar las prisas y el entusiasmo por ser el primero en publicar un hallazgo especialmente interesante. 

El método científico requiere algo que cada día escasea más, la reproducibilidad, que se logra con la repetición. Es habitual que, en Física de partículas, se dé esa repetición disminuyendo así progresivamente la probabilidad de que algo, una relación entre variables, la aparición de una nueva partícula, etc., pueda deberse al azar. Repeticiones y más repeticiones van conduciendo el valor de esa significación estadística, la célebre “p”, a niveles que pueden llegar a la billonésima. En el campo de la experimentación biológica y médica hay, por el contrario, la tendencia a conformarse con una “p” relativamente bastante alta para concluir sobre una relación entre variables (p < 0.05). 

Otro elemento es importante y es la paciencia. Lo asombroso, aunque se espere, puede apresurar a publicar algo que no llega a ser evidente. En este caso, parece haber sido esa impaciencia la que motivó el innecesario descuido de alguien que había sido galardonado con el premio Nobel, alguien que, por otra parte, no es la primera vez que se retracta de un artículo.

El panorama de la investigación científica tiene algo de inquietante porque no asistimos a la buena repetición, la que soporta una evidencia, sino a la frecuente repetición de lo peor como comportamiento que busca el prestigio antes que la verdad. Es dudoso que sea sólo la honestidad la que ha conducido tantas veces a retractarse de publicaciones que en su día fueron impactantes. Los investigadores no son insensibles a envidias y otras miserias humanas.

Este ejemplo, como tantos otros, incluyendo casos célebres de puro fraude, incitan a reconsiderar la educación de los jóvenes, se dediquen o no a la investigación científica. Se trata de mostrarles la bondad del método científico cuando es claramente respetado. Y se trata de imbuirles de la ética que le es exigible tanto a quien se dedica a la ciencia como a quien la financia, la interpreta y la aplica. 

Mientras se siga alentando la competitividad y el afán de prioridad, crecerá en la misma proporción la ciencia basura. Es muy probable que quien aspire a ser científico logre serlo mucho mejor siendo educado en la lectura de los clásicos que en un laboratorio, aunque ambas actividades sean perfectamente compatibles.

martes, 28 de noviembre de 2017

LA BUENA ASCESIS. Sobre el libro “Ejercicios espirituales para materialistas” de Luis Roca Jusmet



¿Para qué sirve la Filosofía? Ésta es una pregunta que cualquier persona sensata despreciaría. O quizá no, porque, aunque generalmente supone un sentido pragmático en el orden comparativo con el estudio de oficios o carreras para labrarse un porvenir, es legítimo plantearla porque podría servir para lo más importante, para vivir humanamente.

Hay dos modos básicos y complementarios de entender la Filosofía. Es bueno pensar por uno mismo sobre lo que a cada cual le afecta y eso, en cierto modo, es ya un ejercicio filosófico, pero es mejor hacerlo ayudado por otros que lo han hecho a lo largo de la Historia. 


Podría decirse que la Filosofía nos sirve para vivir, aunque no podamos vivir de ella. Y les ha servido a otros. Hay grandes filósofos contemporáneos que han pensado y que lo han hecho apoyándose en lo que ya pensaron otros mucho más anteriores. Dos de ellos sostienen el libro aquí reseñado. Se trata de Pierre Hadot y de Michel Foucault.
Los “ejercicios espirituales” de Hadot y el “cuidado de sí” de Foucault muestran consonancias en lo que respecta a un objetivo principal, ayudar a vivir.


Luis Roca Jusmet hace una amena revisión de estos dos filósofos, que incluye también el repaso de otros grandes como Kant, Nietzsche, Heidegger, Wittgenstein… y, sobre todo, los antiguos, esos sobre los que muestra los acuerdos y disonancias que se dieron entre Hadot y Foucault a la hora de leerlos. 


Los “ejercicios espirituales” de Hadot tienen en cuenta a los estoicos, epicúreos y cínicos. Es probable (no lo he visto en el texto) que esa expresión la haya tomado Hadot a raíz de su inicial impregnación cristiana. Fue San Ignacio de Loyola quien formuló esa práctica como forma de reflexión, bien distinta a la que aquí se plantea, mirada al más allá más bien que a una vida como puede ser concebida sin la referencia a lo trascendente. 


El título del libro nos previene; se trata de ejercicios espirituales para materialistas. Un enunciado que en sí ya hace reflexionar, porque con demasiada frecuencia se plantea una dicotomía entre espíritu y materia que cada vez parece más discutible.


Pero esos ejercicios en Hadot, ese “cuidado de sí” en Foucault, suponen un método que tiene analogías con el cristianismo en el sentido de que implican una ascesis que mira a la vida buena, a esa eudaimonía que a veces se confunde malamente con la felicidad.


El autor nos habla en este hermoso libro del sujeto, diferenciándolo del individuo, y contemplándolo desde las perspectivas ética y moral (con una discusión sobre la relación entre éstas), política, artística o científica. 


Pero hablar del sujeto y de ejercicios para vivir acaba siendo otra cosa que una filosofía que aspira a un saber no encarnado. Y, por ello, son inevitables las relaciones de este discurso con el mítico, el religioso y el psicoanalítico. Al final es citado Lacan; no podría ser de otro modo pues de deseo se habla. También la perspectiva mística es contemplada.


Desde mi modesto punto de vista, lamentablemente no sostenido por un saber filosófico básico, todo el texto gira en torno a una pregunta, ¿qué eres? íntimamente asociada a la ética ¿qué quieres? ¿qué quieres ser? ¿cuál es tu deseo? 


No es fácil la respuesta, pudiendo ser tarea de toda una vida, aunque haya grandes maestros espirituales que la han obtenido pronto (pero no podemos copiar a maestros, sólo guiarnos por ellos). Indudablemente, el psicoanálisis, que, en cierto modo es una anti-filosofía porque se fija en lo que menos racional se nos muestra, puede desvelar lo importante, ese deseo. La filosofía también puede facilitar las cosas cuando es asumida como búsqueda de lo esencial, cuando uno acepta ese “sapere aude”. Y, en ese camino, los “ejercicios espirituales” pueden ser un buen apoyo. 

Luis Roca tiene la valentía y honestidad de mostrar los que a él le sirven. De ellos, yo destacaría dos. Uno, vivir el presente, algo muy distinto a lo que a veces se formula de ese modo; esa vivencia estaría facilitada en el autor por una perspectiva zen incluyendo ejercicios qigong. Otro, me parece fundamental y lo abordaré con más extensión en otra entrada de este blog. Se trata de lo que él llama “visión global”, la que nos sitúa en el mundo, confiriéndonos una perspectiva adecuada y que tantas veces ignoramos.


Estamos ante un texto que es doblemente interesante. Lo es por su contenido intrínseco, en el que discute la relación entre Hadot y Foucault, sus biografías, sus acuerdos y disonancias. Pero lo es también porque estimula al lector a practicar otro de los “ejercicios espirituales” mostrados, la lectura. No es fácil leer. García Gual hablaba en una entrevista de la necesidad de una lectura “despaciosa”. El libro de Roca Jusmet es un estímulo para ir leyendo con calma a más filósofos sin caer en la tentación de un academicismo que, por las circunstancias de cada cual, puede ser inviable.


Libro reseñado: 

Roca Jusmet L. (2017) Ejercicios espirituales para materialistas. El diálogo (im)posible entre Pierre Hadot y Michel Foucault. Barcelona. España. Terra Ignota Ediciones.

jueves, 23 de noviembre de 2017

MEDICINA. El mal paciente no ingiere su medicación… Pero lo sabremos.




Controlemos al loco. Ese parece el objetivo de lo que se presenta como un importante avance tecnológico, la “píldora digital”.


Tal cosa ha sido recientemente aprobada por la FDA y consiste en un medicamento en forma de píldora inserta en un sensor que, en contacto con el jugo gástrico, emitirá una señal. Ésta será a su vez registrada por un receptor en un parche torácico que la reenviará por Bluetooth al “smartphone” del paciente, quien podrá añadir a la "App" correspondiente otros datos clínicos como su estado de ánimo (tal invento ha sido usado por primera vez con el psicofármaco aripiprazol). Finalmente, todo ello será enviado a la base de datos del médico que haya prescrito tal medicamento.


Se trata, al parecer, de potenciar la adherencia terapéutica desde el argumento de que es buena para la mejoría del paciente y supone un ahorro considerable al evitar hospitalizaciones, situaciones de incapacidad laboral, cambio a otros fármacos potencialmente peores, etc.


Es llamativo que este sistema de control (con buena o mala intención, no cabe otro término para definirlo) se inicie con un psicofármaco. La reclusión manicomial se cambia por la hipervigilancia electrónica.


La intimidad más íntima (el propio jugo gástrico) será cómplice necesario para acusar al enfermo de su mal comportamiento como tal, porque, a fin de cuentas, de eso se trata, de un control de comportamientos y de gastos. 


Sucede así que algo que ocurre en la propia casa y con el propio cuerpo, algo tan habitual como la ingesta de un fármaco, es susceptible de generar datos que alimenten ordenadores de otros del mismo modo que lo hace Facebook.

Al final, no sólo nuestras historias clínicas, en las que se dice si bebemos, si somos VIH positivos o si somos esquizofrénicos, sino también nuestra bondad como pacientes, expresada como el grado de nuestra adherencia a la medicación, estarán en “la nube”, eso que tanto se cita, como nebuloso resulta.


Es probable que cualquier persona con dificultades de memoria, desde las que supone la demencia a las simples distracciones, tenga más facilidad para manejar una cajita con sus píldoras o una libreta en la que tiene anotadas las pautas de medicación, que para usar la "App" en cuestión, pero se intuye fácilmente que el próximo paso sea el envío directo de señales a la base de datos sin pasar por el “móvil” del paciente. Por nuestro bien, se nos hará más indefensos de lo que ya estamos ante un Gran Hermano que suponemos incorpóreo pero que tiene un cuerpo bien constituido e integrado por todos los que se pueden lucrar con datos tan sensibles.


Por supuesto, tal avance requiere un consentimiento informado, pero eso también ocurre si uno se tiene que operar de apendicitis. ¿Quién está en situación de no firmarlo?


Es más que previsible que, por el bien de los enfermos y, sobre todo, de los proveedores de semejante engendro y sus simpatizantes, la píldora inteligente acabe usándose para cualquier medicación requerida por una dolencia crónica o por un factor de riesgo, sea la artritis reumatoide o la hipertensión. Pero la psiquiatrización generalizada hace previsible un paso más allá. Será posible establecer, por ejemplo, si la ingesta de metilfenidato guarda una adecuada correlación con las calificaciones escolares, para actuar en consecuencia en el caso de niños diagnosticados de TDAH, que ya se sabe que es algo bastante frecuente.


La vigilancia implícita en algo tan personal como la ingesta de un medicamento puede acompañarse del correspondiente castigo si uno lo hace mal, sea en términos económicos (con un seguro médico que pudiera no estar dispuesto a mantener en su listado de clientes a un mal paciente), sea en términos de libertad, de la que pueden ser privados pacientes psiquiátricos ambulatorios.


La “píldora digital” abre las puertas de la fantasía prospectiva a las más elevadas calenturas. Nuestro estómago, digiriendo, que es lo que sabe hacer, se convierte en nuestro detective, y, en vez de alimentarnos a nosotros solos, alimenta también los deseos informativos de otros. 


De nuevo estamos ante el ideal de pureza. El buen paciente será el que haga lo correcto, de grado o a la fuerza. Tal situación recuerda otra, la de la fidelidad asegurada por el cinturón de castidad. Si siempre hubo alguien pendiente de salvaguardar la bondad de otros, la tecnificación permite la generalización de ese perverso afán.


sábado, 18 de noviembre de 2017

Ciencia, creencia y subjetividad. En defensa del Psicoanálisis.





No deja de sorprender que el gobierno de Macri intente eliminar el Psicoanálisis de un país, Argentina, en el que está tan ampliamente extendido. Para ello pretende reformar la Ley de Salud Mental con un decreto en el que el argumento básico parece bondadoso. En efecto, en el artículo 5 se dice que “para determinar el diagnóstico deberá ajustarse a las normas aceptadas internacionalmente y basadas en evidencia científica”.  El artículo 7 insiste en ello resaltando que las prácticas en la atención deben basarse en fundamentos científicos ajustados a principios éticos y prácticas fundadas en evidencia científica”. Es decir, todo por el bien de los ciudadanos y en nombre de la Ciencia.

Eso ha creado un movimiento de resistencia amplio que va más allá del interés profesional de un colectivo, residiendo su valor no sólo en defender el Psicoanálisis, sino al propio ser humano en su singularidad, en lo que le es más propio, incluso cuando es presa de la locura.

En nombre de la Ciencia se habla ya de todo lo divino y lo humano. De lo divino, para afirmar o negar a Dios, como si ese fuera cometido de los científicos. De lo humano, para reificarlo.  

Es cierto que hay las llamadas ciencias humanas, tomando el término “ciencia” en sentido amplio, de estudio sistemático de algo empírico. Lo es la Historia, la Sociología, la Economía… ¿Y la Psicología y la Medicina y, dentro de ésta, la Psiquiatría? Sólo si contemplamos al sujeto como individuo. Esto es perfectamente admisible, pues cada persona puede adoptar el valor de individuo en un estudio, sea como individuo económico, histórico, social, como votante, como infectado por un virus, como fumador, etc. Es así posible construir una Medicina Preventiva basada en la estadística o hacer ensayos clínicos que fundamentan la “medicina basada en la evidencia” (una evidencia cada día más degenerada por conflictos de interés y afán curricular).

También es factible, con ese enfoque, estudiar comportamientos individuales, conductas. Eso sostiene la opción conductista, eso apoya el marco cognitivo-conductual, que es lo que parece pretenderse con la reforma de Macri.

La Ciencia puede estudiar el organismo humano y la conducta del individuo humano en los distintos ámbitos en que actúa, pero no al sujeto singular, no al ser hablante. Se dice que cada persona es un mundo y es verdad, aunque se intente desterrar algo tan obvio. Lo subjetivo es ajeno a la Ciencia, que sólo puede basarse en datos observables y, a poder ser, medibles, siguiendo la obsesión de Lord Kelvin. 

Más aún, lo fundamental subjetivo, lo que influye en las grandes determinaciones personales, en las elecciones vitales, llega a ser ajeno al conocimiento propio, es inconsciente y, si la consciencia escapa a la reducción neurobiológica, lo inconsciente personal menos podrá ser abordado científicamente, lo que no obsta para que el encuentro clínico, singular también, pueda facilitar que el paciente haga un mejor uso, más propiamente humano, de su vida. Ese es el valor del Psicoanálisis. Pero no hace falta ir tan lejos pues ése es también el valor de la Medicina misma, que ha de lidiar en mayor o menor grado con lo inconsciente de cada cual, razón por la que un encuentro clínico nunca podrá sustituirse por un enfoque algorítmico, ni siquiera en el aspecto que parece más claro, el diagnóstico.

Al ser imposible que la Ciencia pueda alcanzar lo singular de cada ser humano en su sufrimiento mental, más allá de proporcionar fármacos que lo alivien, que no es poco, es llamativa esa insistencia, en un texto legal, de la expresión “evidencia científica” para referirse a terapias en el campo de la salud mental. Las terapias a las que se alude son las que reclaman para sí el carácter de científicas, cosa que no hace el Psicoanálisis (aun siendo fruto del empirismo clínico). Pero esas evidencias lo son del individuo reducido a organismo que responde a estímulos; dicho de otro modo, del sujeto reducido a cosa maleable, algo que está de moda en la época del “coaching”.

Pero vayamos al término radical, la evidencia. ¿Qué es eso? ¿Cuándo hay evidencia de algo? Dejando al margen que lo evidente no es universal (hay gente que cree en el relato bíblico e ignora la evolución, del mismo modo que otros consideran evidentes las visitas de alienígenas) y también las dificultades de definirla con propiedad, podemos entender por evidencia científica la que es intersubjetiva por reproducible y comunicable.

Por ejemplo, los físicos tienen una buena base para acordar entre ellos que la Tierra no es plana o para asumir que la teoría de la relatividad es verdadera a la luz de todos los datos observacionales que comparten. Los biólogos asumen que ha habido una evolución de las especies considerando el registro fósil y teniendo el marco de la Genética Molecular. En el caso de las ciencias llamadas duras, como la Física, esa evidencia es sostenida por la capacidad de confirmar predicciones, sean eclipses, sean ondas gravitacionales. Bastará con que falle una predicción para que una teoría haya de ser mejorada o simplemente olvidada, algo que atiende al criterio de “falsabilidad” de Popper.

Pero incluso en lo más básico, la evidencia científica, que es intersubjetiva (no basta con que la tenga uno solo), se basa en una comunicación que ha de ser lo más clara y simple posible, algo que se alcanza de modo especial cuando es expresable en lenguaje matemático. Y sucede que esa evidencia requerida implica en general pérdida de comprensión por parte de quien no es investigador en un campo dado. La demostración por Wiles del último teorema de Fermat fue comprendida por muy pocos, a quienes, sin embargo, se les hizo evidente. Lo cuantitativo es ajeno a la evidencia real, pudiendo haber poca gente capaz de acceder a lo evidente o, por el contrario, pudiendo ser muchos los que creen evidente la realidad del relato del Génesis. Las “fake news” se sostienen por esa necesidad de creer y de creer ya, de forma tan inmediata como poco rigurosa.

Por eso, para hablar de evidencia científica se requiere cierto rigor, algo que no parece darse en un discurso como el político, que puede conducir a mejoras sociales, pero también a lo peor, como apunta el decreto de Macri.

Se dice a veces que estamos en la Era de la Ciencia, pero eso no es del todo cierto ni mucho menos. Seguimos y seguiremos siendo más bien creyentes. Estamos en la creencia y la Ciencia sólo nos sirve para sostener la mejor de las creencias posibles, la que apunta a lo Real, aunque no lo alcance. A partir de ellas, cada cual podrá componer su propia cosmovisión.  

Ocurre que la propia Ciencia se basa en la creencia misma, sin la que no sería posible. La Ciencia se construye desde la creencia en la lógica deductiva que nos permite afirmar lo contra-intuitivo, como que hay tantos números naturales como números pares. Se construye desde la inducción, por la que el hecho de que hayamos visto tantas veces salir el sol nos permite asegurar que lo hará mañana incluso aunque nosotros no estemos para verlo, pero resulta que no todas las afirmaciones inductivas son tan claras, como sería afirmar que, ya que han caído asteroides en la tierra, volverán a caer en el próximo siglo. Y supone la isotropía de la legalidad física, es decir, que las leyes fundamentales de la Física son tan respetadas en mi calle como en una estrella de neutrones muy lejana. La Filosofía sigue subyaciendo a la propia Ciencia.

Finalmente, podemos creer en la Ciencia desde la apariencia de que algo es científico. Es habitual; se muestran datos, registros, números… Pero no todo lo que parece ciencia lo es. Tomemos un ejemplo de la “Ciencia” que parece defender Macri. Un fármaco inhibidor de la recaptación de la serotonina (ISRS). Se le llama antidepresivo porque en ensayos clínicos (al margen de que haya meta-análisis que lo cuestionen) se encuentra que el grupo de deprimidos que lo toma mejora en una escala, como la de Hamilton, que “mide” la depresión, y esa mejoría tiene significación estadística. ¿Qué concluimos científicamente? Sólo que es probable que su administración ayude a un paciente deprimido. Nada más ni nada menos, pues nunca hay que menospreciar el valor potencial de un medicamento que alivie. Pero suponer una relación causal entre un déficit de neurotransmisores en determinadas hendiduras sinápticas y la depresión es, en el mejor de los casos, una hipótesis de la que partir para ahondar en los mecanismos neurobiológicos implícitos y, en el peor, un salto al vacío que prima lo biológico ignorando lo biográfico.

Los claros avances tecnocientíficos que nos facilitan la vida han inducido a creer sólo en la Ciencia y, lo que es peor, a creer que todo lo que se proclama como Ciencia lo es. El gran problema que tenemos hoy en día con los científicos es que han descuidado la filosofía que sostiene a la Ciencia, tanto en su construcción como en su interpretación. Eso supone la transición, en amplios sectores, de la Ciencia al cientificismo, que es algo muy distinto y que deviene incluso autoritario, como un amo incorpóreo. En tal contexto, es explicable algo tan difícil de entender como que, en Argentina, reino del psicoanálisis, éste esté en peligro por la visión cientificista de algún asesor de Macri, sin descartar que el propio Macri haya tenido una mala experiencia con el Psicoanálisis, como parece haberle sucedido al auto-declarado cientificista Mario Bunge.  

El Psicoanálisis sigue y seguirá vigente, a pesar de Macri, como ocurrió a pesar de otras derivas autoritarias, pero tal permanencia dependerá, como siempre, de la decisión de quienes defendemos la libertad y la dignidad humanas.

martes, 14 de noviembre de 2017

La popularidad distópica.


Hubo un tiempo en que los vendedores de lo que fuera asumían el lema “el cliente siempre tiene razón”. Algo lejano pero que retorna del peor modo, por dos motivos. Uno deriva de asumir que todo es vendible, desde pares de zapatos hasta la salud y casi uno mismo. Otro descansa en la facilidad de hacer registro contable indeleble de la opinión del cliente universal.

Asistimos a una provisión de servicios que, en tanto no sea posible realizar con máquinas, se efectúa a través de individuos indiferenciados en aspecto, vestimenta y modales, sea en tiendas de ropa, de teléfonos o talleres de mantenimiento de coches. Pero también en los hospitales es frecuente que el protocolo de actuaciones haga intercambiables a los médicos que las prestan.

En una sociedad mercantil impera el criterio de la calidad, pero no ya entendida como un buen hacer, sino como algo reconocible como tal por agentes externos ajenos a lo que juzgan. Los servicios ofertados llevarán un marchamo ISO y se tendrá en cuenta la satisfacción del cliente.

La industrialización progresiva hace que las personas que trabajan en un sector determinado sean fácilmente intercambiables, pues basta con que sigan un protocolo establecido. Ya se pretenden lejanos los tiempos en que se precisaba un mecánico de coches experimentado o un médico con buen “ojo clínico”. Basta con los protocolos, los diagnósticos electrónicos y sustituciones de piezas y la intermediación con el cliente (término que se ha universalizado para englobar incluso a pacientes). De ese modo, dicho cliente, aunque se relacione con personas, lo hace más bien con una empresa en la que tales personas son individuos intercambiables y que será la que requiera de él una encuesta de satisfacción, criterio supremo de la calidad del producto que se compra (sea un teléfono o un trabajo). 

Todo es ya susceptible de comparación por un sistema de votos deificado. Incluso alguien puede “venderse”, como dicen los modernos, en las redes sociales, haciendo que sus selfies u otras ocurrencias colgadas en YouTube alcancen altas cotas de popularidad, lo que los puede convertir en “influencers”.

No es malo poder echar un vistazo a internet y tener en cuenta opiniones de otros a la hora de elegir un hotel o un restaurante. Pero hay algo de perverso en este criterio de pretendida calidad. Es habitual que, tras la reparación de un coche o después de resolver una duda sobre un teléfono, se nos pregunte si estamos poco, mucho o sumamente satisfechos con el servicio. Si nuestra puntuación no es la máxima, y no somos los únicos en mostrarla, las potenciales consecuencias perjudiciales no serán para un proceso a revisar sino para personas concretas que podrán perder su trabajo. Así las cosas, uno pasa de ser sujeto trabajador a individuo obediente de pautas y susceptible de ser examinado por sus sonrisas aun cuando no sea responsable de un trabajo que no sólo depende de él. Las estrellas han pasado de Michelin a todos los sectores del mercado. Y no caben justificaciones tras una caída en el estrellato correspondiente.

Lo humano es considerado como un gran mercado que incluye valores posicionales incluso a la hora de encontrar pareja (las habituales que se dan entre futbolistas y modelos son ejemplares). En ese mercado la singularidad cede ante lo individual que, a su vez, pasa a reificarse. De ese modo, la autenticidad de cada cual tiende a descender progresivamente en aras de una pretendida adaptación social.

Uno de los episodios de la serie “Black Mirror”, “Caída en picado”, mostraba cómo la imagen pública era evaluada constantemente por los demás mediante puntuaciones otorgadas desde sus teléfonos móviles. No estamos lejos de esa distopía.



viernes, 10 de noviembre de 2017

PÁNICO.



Suele ocurrir gradualmente. O no. 

Pasan días de cierta sensación de absurdo, con pesadillas, ansiedades, sudores y taquicardias; al final, una caída angustiosa en el absurdo.


Lo aprendido en el pasado, lo que se ha sido en el pasado, todo lo conquistado en la configuración del propio ser, parece esfumarse. El cuerpo no parece propio, sino enemigo, renunciando a la homeostasis cotidiana. Nada sirve. Todo lo que nos rodea es inútil excepto para recordar la inutilidad del propio estado, su brutal e incontrolable absurdo.


De repente, ha surgido. Aparece el demonio. Un demonio que se recuerda, que se recordará siempre, haciéndolo temible. Tiene un nombre: ataque de pánico. Su poder es extraordinario. Nos trae el infierno mismo. Nuestro Dios amoroso nos abandona en sus garras. Sería igual ser ateo porque nuestra racionalidad se desmorona. La imagen de la locura se hace perceptible. La necesidad de apoyo se asemeja a una regresión infantil, fetal; se necesitaría un amnios en el que refugiarse, porque el frío penetra hasta la médula ósea. Se encarna lo absurdo.


Ni siquiera se percibe la inminencia de muerte, tal vez porque en la muerte misma parezca que nos instalamos. Sólo hay necesidad de escapar. Pero no hay escape del demonio interior. No hay distracción que valga ante lo que nos precipita a un extraño Hades en vida.


El exorcismo es ineficaz, pues el auxilio de otros será un paliativo breve. El recurso a medicamentos puede ayudar. Ansiolíticos, antidepresivos… Habrá quien recomiende terapias de afrontamiento, de relajación… ¿Una relajación en medio de esa agitación demoníaca? 


Amanece un sol negro. La negra noche puede calmar. Como para un vampiro, la luz se hace molesta porque no hay claridad admisible en esa negritud. El contraste de la luz exterior con la oscuridad anímica es insoportable.


En una situación de pánico colectivo se intuye una acción, aunque pueda resultar letal; se sabe que hay que escapar de algo exterior a nosotros, sea un incendio, un atentado, un tsunami. Que se logre o no, es otra cosa. Cuando el pánico carece de fundamento aparente, cuando es demoníaco, no hay escape, pero el cuerpo moviliza todo su potencial para hacerlo posible por inútil que sea, con descargas hormonales, con una movilización bioquímica sólo perjudicial. 


No es depresión. Es angustia en estado puro, aunque los excesos químicos que induce produzcan una inundación de tristeza, desánimo, impotencia. Es ese afecto que, dicen los psicoanalistas, no engaña. Una extraña y siniestra Alteridad es mostrada. Sólo desde esa perspectiva, dura, brutal, quizá sea concebible tener esperanza en salir del pozo y en acogernos nuevamente a la luz que alimenta a los árboles.


jueves, 9 de noviembre de 2017

Cáncer. Drama personal y épica científica.


Un diagnóstico de cáncer no es fácil de asumir. Hay quien se derrumba, hay quien pasa por esas fases que Kübler Ross  describió a raíz de su trato con moribundos… No lo es por el paciente ni por sus familiares, especialmente cuando los afectados por la enfermedad son niños.

Hay incluso quien lo llega a vivir de modo aparentemente extraño a los demás, gozando de la vida que le resta más plenamente que de la vida anterior, porque ante una situación así, de perspectiva de muerte, los valores cotidianos se transforman a veces en los ontológicos, como diría Irvin D. Yalom  siguiendo a Heidegger. Esta posibilidad se plasma a veces en libros que narran experiencias personales, como "Momentos perfectos"
de Eugene O’Kelly. 

También hay algunas excelentes películas que muestran la dignidad y el sentido gozoso de vivir la vida que reste del mejor modo posible. Una es “Truman”. Otra,“The Bucket List” (en versión española, “Ahora o nunca”). 

Pero, se mire como se mire, cada uno es como es y, a quien se hunde, de poco le valdrá saber que otro se toma con aplomo un diagnóstico así. La vida definitivamente cambia (o no en la práctica) y eso, sea como sea, es dramático.

A la vez, vivimos tiempos de un avance tecno-científico impresionante. Ya lo fue, en su día, conseguir poner un hombre en la luna y traerlo de vuelta. Y eso indujo mediante fuertes presiones a la administración Nixon a lanzar una guerra contra el cáncer firmando el “National Cancer Act” en 1971. Si el proyecto Apolo había sido exitoso en poco tiempo, también era de esperar que el cáncer fuera derrotado. Pero la dificultad que suponen las restricciones físicas a la hora de ir a la luna es muy inferior a la que implica la complejidad de lo viviente. En el primer caso, hay pocas variables, en el segundo cada vez se ven más numerosas e intrincadas de forma no lineal. Y sigue siendo así. Por complicado que fuera, la detección de los quarks o del bosón de Higgs fue posible desde el proyecto. Pero no cabe hablar de un proyecto contra el cáncer. No, al menos, de un proyecto único; tampoco del cáncer como una entidad nosológica única.

Parece que estamos estancados, que sólo cabe insistir en una prevención primaria (no fumar, no beber, hacer ejercicio…) y en detectar “a tiempo” lo peor, mediante una proliferación de cribados de eficacia cuestionable. Los tratamientos siguen siendo agresivos, largos, cada vez más caros, muchas veces inútiles… Es fácil caer en la decepción.

Las promesas televisivas que surgen tras el hallazgo de un gen o de un nuevo tratamiento suelen ser eso, meras promesas y no hechos. Precisamente la proliferación de tantas novedades facilita la frustración ante la realidad del aquí y ahora.

Pero cierto optimismo es concebible no desde la imaginación del futuro sino desde la visión del pasado. Sólo desde su Historia es factible entender el marco filosófico en que la Medicina se desenvuelve o puede desenvolverse, algo descuidado pero que impregna todo acto clínico y toda tarea de investigación. 
 
En 2010, un médico estadounidense de origen indio, Siddhartha Mukherjee, publicó un libro de gran interés, “El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer”. Ese interés, que le hizo merecedor del premio Pulitzer de 2011, es doble; reside en lo que narra y, sobre todo, en cómo lo hace, con una reflexión filosófica sobre la propia naturaleza de la vida, íntimamente asociada a la de la muerte, no pudiendo concebirse una sin la otra. 

El libro nos muestra el valor de lo empírico y de lo científico, una mezcla que, a fin de cuentas, es la que sigue haciendo que la Medicina sea un arte y que lo sea influenciada por la concepción filosófica de quienes la practican y de quienes la desarrollan mediante la investigación. 

Se nos describe lo que ha supuesto padecer cáncer a lo largo de la Historia y cómo la Medicina ha ido avanzando en los últimos siglos en una extraña mezcla de empirismo y ciencia, con una concepción de la enfermedad que ha ido también modificándose, conservando a la vez viejas influencias. Lo local y lo sistémico, lo fluídico y lo discreto celular, la base irracional de algunos enfoques terapéuticos exitosos, la impotencia de la investigación incipiente y su recientísima simbiosis con la clínica. No falta el contraste entre médicos abnegados y los que cometieron fraudes descarados. Podría decirse que todo lo humano con sus valores y defectos aflora en esta historia.

Si el avance terapéutico es perceptible desde hace unos doscientos años,
ha sido claro desde mediados del siglo XX. Esa claridad se hace obvia cuando tomamos perspectiva temporal realista, que nos permite ver no sólo avance sino avance acelerado. Cegados con los avances técnicos en microelectrónica, no percibimos la rapidez real pero más lenta habida en los avances oncológicos. Se sabe mucho del cáncer y se va incrementando el potencial terapéutico desde una causalidad molecular ignorada hace unas cuantas décadas y cuyo conocimiento se incrementa de día en día con proyectos como “The Cancer Genome Atlas”. Se diagnostica mejor y se trata mejor. Hay curaciones. No es lo que era, aunque haya formas tan letales como en la época en que se construyeron las pirámides.

El libro concluye con una mezcla de realismo y optimismo. Es una gran obra, que debiera ser leída especialmente por los jóvenes médicos, porque nos sitúa, nos indica el valor humano de la Medicina y su necesidad de la Ciencia, que cede sin embargo ante la importancia de lo singular. En el texto se muestra cómo, a veces, no es factible el ensayo clínico bien estructurado, con sus controles y enfermos asignados al azar, por una razón bien simple: la gente se muere antes de que el ensayo concluya y no está para consideraciones estadísticas. A veces, lo individual revela la gran posibilidad. Otras, será el poder de la estadística el que muestre lo interesante. Ese balance entre método científico (desde el laboratorio hasta el ensayo doble ciego) y relación clínica siempre es, debe ser, muy delicado. Si, en general, cada paciente es distinto, esa singularidad es mucho más clara en el caso del cáncer, tanto por la diversidad de sus formas como por el modo de afrontarlas. Estamos ante un libro que recuerda vagamente a otro muy hermoso, "Cazadores de microbios", de Paul de Kruif

El tiempo de la Ciencia es una cortísima fracción del tiempo de la Cultura. La Medicina fue mágica, empírica y sólo recientemente también es científica. 
 
Tal vez el mayor valor del libro de Mukherjee sea mostrarnos la rapidez con la que, a pesar de lo aparente, se dan grandes avances en Medicina; a veces paso a paso, a veces de modo revolucionario gracias a felices contingencias. Desde 2010, fecha de la publicación del texto, hasta ahora, ese progreso sigue dándose centrado cada vez más en terapias científicas que en las simplemente empíricas. En 2011, la FDA aprobaba un anticuerpo monoclonal (ipilimumab) para el tratamiento de un tipo de cáncer, el melanoma. La inmunoterapia está abriendo perspectivas con enfoques múltiples. También el estudio de las bacterias que conviven con nosotros (microbioma). Y no son pocos los avances tecnológicos de diagnóstico y tratamiento físicos.

Es esa tarea de tantos, actuando en la relación clínica y en los laboratorios de investigación, la que hace de la Medicina una narración épica y de éste un momento de esa noble historia.

martes, 31 de octubre de 2017

El terrible goce de la pureza.


“Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: nadie, Señor”. (Jn 8,11).
“No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Lc 5,32)

Quizá el ideal más atroz, el más pernicioso, sea el de la pureza. 


Lo puro se muestra como límite, como lo más precioso. Lo puro atrae. Se habla de oro puro, de agua pura, pero también de filosofía pura, de matemática pura, como si hasta el intercambio de conocimientos con otros campos perturbara lo esencial de eso que se llama puro.


Lo puro es lo inocente, lo infantil. Que Freud hablara de una sexualidad perversa y polimorfa no es óbice para ver al niño como encarnación misma de la pureza. Si un niño muere, sus padres creyentes grabarán en su tumba que ascendió al cielo. Así, directamente, porque la pureza infantil es la angelical, la prístina. 


Lo puro es lo virginal, lo que no ha sido mancillado, lo que puede evolucionar a una pureza distinta, la que supone la relación de entrega única, para siempre, a otra persona, también pura. Pureza y castidad pasan a identificarse en seres que se pretenden casi asexuados. Es cierto que esa concepción parece desterrada, pero sólo lo parece porque las familias siguen existiendo y, con ellas, los amores y los grandes odios.


La pureza supone la rectitud, la coherencia, el cumplimiento del deber, la honorabilidad. En el ámbito religioso, el ideal de pureza ha neurotizado, enloquecido incluso, a muchos que lo vieron inalcanzable a pesar de penitencias y oraciones. Podría decirse que, en su ideal de pureza, los cristianos más religiosos se han hecho por ello anticristianos; el aspirante a puro no puede soportar las palabras de Jesús, buscador de almas perdidas. 


En nuestro tiempo, la pureza no afecta sólo al alma. Es también corporal, higiénica. Uno se purifica de toxinas, se libera de grasas aterogénicas, se protege contra virus, atiende a la pureza física que muestran hermosos cuerpos jóvenes, referentes con los que compararse. Desde esa perspectiva, el médico pasa a ser el exorcista moderno.
Lo puro es no beber, no fumar, chequearse, protegerse de una enfermedad a la que se le confiere ser, ontologizándola cada vez más. Y la impureza, que apunta a lo que uno es, puede hacerse sinónimo de lo que uno tiene, de enfermedad, en forma de alcoholismo, ludopatía, adicción al sexo…


La pureza parece intuitivamente exigible, especialmente a los demás. Y con ese ideal es contrastada la acción política. Robespierre, el incorruptible, se hizo ejemplar, aunque fuera por poco tiempo. El nazismo mostró la impureza asociada a ser judío o gitano, un mal terrible que justificaba la muerte industrializada en beneficio de la raza. Pero incluso los nacionalismos más humanistas tocan ese diabólico ideal: los nuestros, nosotros, somos distintos, hablamos nuestro idioma, creemos lo mismo, pisamos nuestro suelo, nos entendemos, no tenemos los vicios de los otros. Los grupos emergentes en política lo son desde la virginidad, desde la pretendida pureza que se desea transformadora de un orden corrupto. 


La pureza también es profesional y puede decirse de alguien que ha deshonrado su uniforme o traicionado su juramento hipocrático.


La idea de la pureza se hace afán purificador. Y, si los metales se hacen puros, libres de ganga, de otros elementos, mediante elevadas temperaturas, el fuego se ha hecho también purificador social. La Inquisición lo usó como medio para liberar al pueblo santo, puro, de brujas, herejes y endemoniados. Fuego santo como prevención del fuego infernal, el último y eterno fuego purificador ante un Dios veterotestamentario, viejo, monolátrico, que no admitiría el menor atisbo de impureza en su creación.


Hoy el fuego es otro, es el de la segregación social más o menos clara del impuro por los que no han caído en su bajeza. 


La falta, la caída que supone ser humano, lo que en tiempos se llamó pecado, esa falta en la que todos sin excepción acabamos incurriendo, sólo Dios puede perdonarla (sólo un dios puede salvarnos, decía Heidegger), porque los demás no lo harán. Y así, con demasiada frecuencia, los pecados del padre no serán jamás perdonados por sus hijos porque, aunque ellos mismos no sean puros, pues humanos son, su óptica sí lo será hacia los demás y, especialmente, hacia los más próximos; desde esa mirada justificarán un rencor, un odio, eternos.


Y, si en alguien es especialmente imperdonable la impureza, es en el envidiado. Si un gran escritor, por ejemplo, es sorprendido en cualquier tipo de falta moral, esa falta será tanto mayor cuanto más alto haya sido su mérito literario. Es la pobre y ansiada recompensa de los mediocres e infames que, por serlo, llegan precisamente a creer que ellos sí son puros.


Es por todo eso que sólo desde el reconocimiento de la propia falta, de todo lo que en nosotros es defectuoso, maligno, aborrecible, podremos cambiar un poco a mejor, sólo un poco, llegando a perdonarnos antes de pretender perdonar a otros, llegando a ser literalmente compasivos.

sábado, 21 de octubre de 2017

Vida y gratitud. La creatividad amorosa.






 “Sólo puede ser conocido con el corazón, que se halla más allá de la sabiduría y la mente”. (Katha Upanishad, II,6:9).
“Porque quien quiera salvar su vida, la perderá”. (Mc.8,34).



Prácticamente cada día del año está siendo dedicado a una enfermedad. No faltan lacitos de colores, carreras, historias de supervivencia y ecos de avances científicos que podrían (siempre en condicional) eliminar una enfermedad ontologizada. Los supervivientes sostienen la promesa cientificista salvífica.

No es malo oír historias de supervivencia. Pero quizá fuera mejor escuchar relatos de vida porque, aunque no se esté muerto, no es lo mismo vivir que sobrevivir.

¿Cuánto tiempo vivimos o viviremos? Es una pregunta que, en realidad, carece de sentido porque suele asociarse a algo muy distinto: ¿Cuánto tiempo duramos o duraremos? Y es que no es lo mismo vivir que sobrevivir, que durar. 

Vivir de modo auténtico se asocia necesariamente a eternidad y gratitud. Si vivimos realmente, lo hacemos en el instante eterno. Si vivimos realmente, vivimos para siempre.

Vivir se asocia a gratitud, pero ¿a qué o a quién? Podemos agradecer estar vivos, pero eso es muy distinto a dar las gracias por vivir. Así, agradecemos a nuestros padres, hermanos, médicos, maestros, amigos, pareja, hijos, muchos o pocos que nos han ayudado a llevar la vida del mejor modo, a compartir nuestros problemas, etc. 

Pero vivir va más allá de existir. Y supone un sentimiento de gratitud sin alteridad a diferencia del que evoca la mera existencia como vivientes. Es un sentimiento claramente poético, místico, pues nos pone en comunión con toda la variedad de la vida, incrustada en el universo que la hizo posible. Nos recuerda nuestra raíz animal que precede al lenguaje, que lo sustenta mediante ese maravilloso proceso evolutivo que lo hizo posible. Nos indica la gran oportunidad del goce eterno aquí y ahora, a sabiendas de que tal goce no inmuniza de la muerte ni protege ante los terribles demonios de la depresión, de la angustia, del sinsentido, del hundimiento absoluto en el absurdo. 

Tal vez por eso, siendo seres hablantes, la gratitud sea el sentimiento más originario e inefable, incluso podría decirse que animal, y quizá también lo bueno en nosotros que nos es inconsciente, eso que un psicoanálisis puede ayudar a revelar.

Agradecimiento sin lenguaje, aunque hablemos. ¿A quién? ¿A qué? Podemos darle las gracias a Dios si somos creyentes, a las estrellas que formaron los átomos que nos constituyen, al Universo, a Todo, a Nada. En realidad, es una gratitud no dirigida. Antes de suicidarse, Violeta Parra había compuesto una hermosa canción, “Gracias a la vida”. Le daba gracias a la vida por la vida misma, resaltando lo que supone eso, mirar, oír, amar, reír, llorar... Tal vez fuera una canción plenamente acertada, por tautológica, porque no cabe expresión finalista, por no requerir la alteridad, aunque desde la creencia pueda ésta ser invocada, por no requerir siquiera la permanencia futura de quien la canta y en ese sentido, quién sabe, tal vez fuera también profética de su muerte.

Esa perspectiva gozosa supone el sentimiento poético de lo eterno, porque, si vivimos, vivimos ya para siempre; no en sentido cronológico, sino sumergidos en el río de la vida, que requiere de la franciscana hermana muerte, de tal modo que una eudaimonía no es ya concebible como un progreso de acumulación de saberes y posesiones sino más bien como una tarea de desapego y de un vaciamiento que mira al origen, a lo esencial, haciéndonos partícipes de la evolución cósmica, acercándonos al misterio del Ser.

Y ese agradecimiento esencial nos impulsa a lo mejor, a lo amoroso, a lo creativo. Lo intuimos en grandes ejemplos, aunque no los hayamos conocido, como Renoir, con sus viejas manos vendadas a pinceles para pintar la alegría. Y lo intuimos en desconocidos que lo expresan de forma cotidiana con la palabra transformadora, con el silencio contemplativo, con la acción de ayuda inmediata y constante.

La gratitud que nos recorre el cuerpo vivo con necesidad de expresión puede mostrarse como participación en el ser de un mundo que se despliega en su incomprensible belleza y tiene la imposible posibilidad de enriquecerlo con la humilde y pequeña participación en forma de creatividad amorosa, de vida poetizada.